La rigurosa preparación física y nutricional del Papa León XIV para sus exigentes viajes

El Papa León XIV ha capturado la atención global por su asombrosa energía durante sus viajes internacionales, desmitificando la imagen tradicional del Vaticano. A sus 70 años, su capacidad para enfrentar eventos masivos no se atribuye a intervenciones divinas, sino a un riguroso régimen de ejercicio y una alimentación controlada. Su entrenador personal, Valerio Masella, ha desvelado la metódica preparación que permite al pontífice mantener una vitalidad envidiable, destacando su compromiso con la salud física y el bienestar.

Durante casi dos años, Valerio Masella entrenó a un cliente al que conocía simplemente como "Robert" en el club OmegaFitness del distrito de Prati. Nadie en el gimnasio sospechaba la verdadera identidad de este hombre afable y discreto. "Robert" siempre asistía vestido de forma informal, generalmente a primera hora de la mañana, y su actitud reservada, educada y metódica llevó a Masella a creer que su cliente era un profesor universitario o un académico. Sin embargo, nunca mostró signos de agotamiento, siempre se presentaba sonriente, sereno y equilibrado, y rara vez hablaba de su trabajo. Fue durante estas breves conversaciones que el hombre que se convertiría en el Papa León XIV compartió su pasión por diversas disciplinas deportivas, las cuales había practicado desde la infancia.

Aquellos cercanos al Papa confirman que su vigor actual es el resultado de una vida dedicada a la actividad física, que se remonta a su niñez y juventud en Chicago. Aunque el pontífice ha bromeado sobre sus limitaciones como futbolista, encontró su pasión en el baloncesto y creció inmerso en la cultura del béisbol. Su verdadero amor deportivo, sin embargo, fue el tenis, donde se destacó como un dedicado jugador aficionado. Hoy, a sus 70 años, el primer pontífice estadounidense de la historia mantiene esta constancia. Masella ha elogiado públicamente la "excepcional condición física" del Papa, destacando su perfecta proporción de masa muscular, ósea y grasa, propia de alguien que nunca ha descuidado su salud.

La exigente rutina de tres días a la semana del Papa, con sesiones de una hora, está diseñada para fortalecer su espalda, esencial para las largas horas de pie y el peso de las vestiduras litúrgicas. Cada sesión en la sala de fitness comienza con veinte minutos de cardio aeróbico intenso en la cinta de correr o bicicleta estática, seguido de un circuito de pesas libres y poleas enfocado en la biomecánica postural y la fuerza funcional. Esto incluye series para fortalecer los dorsales, elevaciones laterales con mancuernas para proteger los hombros, y ejercicios de estabilidad central como planchas isométricas y puentes de glúteo en fitball, cruciales para los músculos estabilizadores de la columna.

Además de su preparación en el gimnasio, el Papa se refugia en el agua. Se ha revelado que ha revivido la tradición de retirarse a Castel Gandolfo, donde aprovecha la piscina de Villa Barberini para sus rutinas de natación. Lejos de ser un simple ocio, sus nados son parte de un plan de recuperación muscular activa, que él mismo ha defendido como esencial para el bienestar físico y espiritual. Esta resistencia se hizo evidente durante la multitudinaria Solemnidad del Corpus Christi en Madrid, donde presidió una Misa ante más de un millón de fieles y luego encabezó una procesión de más de tres horas sin mostrar signos de fatiga.

A este entrenamiento se suma una estricta rutina nutricional, meticulosamente elaborada por el servicio médico del Vaticano y adaptada a los gustos sencillos del pontífice. Esta disciplina se mantiene incluso en sus vuelos papales, donde rechaza los menús pesados, optando por una hidratación constante y breves caminatas y ejercicios de movilidad para combatir el jet lag. Su desayuno, con raíces norteamericanas pero en versión saludable, incluye café solo, avena con frutos rojos y nueces, proporcionando carbohidratos de liberación lenta esenciales para sus audiencias.

Durante sus giras, los almuerzos del Papa se transforman en una "dieta de viaje" ligera y limpia, al estilo mediterráneo. Para evitar la somnolencia y las digestiones pesadas antes de los eventos multitudinarios, elimina por completo los carbohidratos pesados y las salsas, basando sus comidas en proteínas magras, verduras al vapor y fruta fresca. Por la noche, su cena es un momento de relajación, con platos sobrios inspirados en la gastronomía italiana, como minestrone o consomé, a veces complementado con queso fresco. Su único capricho ocasional es un trozo de chocolate negro.

La formidable respuesta física del pontífice y su disciplina alimenticia no son casuales. Son el resultado de una resistencia forjada durante más de veinte años como misionero en las difíciles condiciones del norte de Perú, donde aprendió a combatir el desgaste extremo. Esta experiencia, junto con una hidratación constante y sesiones de estiramientos entre actos, contribuye a su vitalidad. Para el Papa León XIV, el ejercicio y el equilibrio corporal no son una cuestión de vanidad, sino una escuela de salud espiritual y paz, demostrando que para liderar la Iglesia del siglo XXI, además de una fe inquebrantable, se requiere una excelente forma física.